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7 años
Crónicas cientoúnicas presenta: Corona Capital. Capítulo uno.
Martes, 01 de Noviembre de 2016 1413 Rock 101 0

Crónicas cientoúnicas presenta: Corona Capital. Capítulo uno.

 

El Festival internacional que a México le costó parir cuarenta años.

 

Por: Alex Salas / @WinyCuper

 

Hace algunas semanas ya hablábamos acerca de la trascendencia de Avándaro como el antecedente primario de los festivales masivos en nuestro país el cual tuvo lugar en un momento muy peculiar del mismo, ya que, en medio de una serie de movimientos sociales a nivel mundial, se encontraba la joven sociedad mexicana con una herida punzante tapada con un curita sobrepuesto, expectante, paciente, ansiosa por un poco de aire que dejara fluir sus más profundas frustraciones pues sin explicaciones, sin argumentos y sin justificación alguna, los ojos de nuestros antepasados presenciaron ante sus ojos cómo se entreteje el guión del telegobierno y así fue que a partir de entonces comenzamos a transitar por casi cuatro décadas de oscurantismo cultural.

 

Recapacito mientras escribo estas líneas. Siglo veintiuno, tecnología de punta, sistemas de seguridad en red apoyados por ciberetrategias y México, un país en vías de desarrollo colocado geográficamente en un punto lo suficientemente estratégico como para gozar de todos los privilegios de un país desarrollado, a través de la televisión. Qué gran fiasco.

 

Una vez inmersos en la nada cultural, cuando del mundo sabíamos apenas lo que algunos querían que supiéramos, existían los hoyos funky y los cafés existencialistas donde algunos comunistas rijosos insistían en escuchar propuestas musicales que tuvieran que ver con manifiestos y protesta y de esto apenas existían algunas apuestas de blues y trova. Pero fue hasta ya bien entrada la década de los ochenta cuando de por debajo de las piedras comenzaron a surgir jóvenes entusiastas que organizaban toquines de rock y punk masivos en prepas populares, en territorios baldíos del Estado de México, vocacionales y en la UNAM.

 

 

Algunos menos clandestinos que otros, la realidad es que en esos eventos no se podía beber (claro que te las podías ingeniar para llevar una chela en bolsita), y mucho menos andar fumando mota porque estabas al interior de una escuela (como si esto fuera un impedimento). En fin, la cosa es que a regañadientes de pronto comenzaron a abundar los pequeños eventos no tan masivos donde los únicos asistentes eran jóvenes ávidos de escuchar algo que sonara fresco y auténtico, música con la cual identificarse.

 

Las leyendas conspiranóicas illuminatis, cuentan que justo en esa década, la de los ochenta, un grupúsculo de jóvenes con presupuesto, dominio del idioma inglés, algo de bagaje cultural, mucha ambición y ganas de destacar en la vida, fueron los encargados, dentro de los parámetros de lo socialmente controlable, de “seleccionar” a las bandas que conformarían esta nueva ola de rock hecho en México, un rock guapo y despeinado que no dejara de ser rock en la forma, pero cuyo fondo estuviese políticamente vacío. Lo cierto es que la leyenda cuenta es que fue también gracias a este grupo de jóvenes, que el veto a los conciertos masivos e internacionales en México, al fin hallaría una luz dentro de la cueva casi veinte años después de Avándaro.

 

 

Hacia finales de los años setenta y principios de los ochenta, se popularizó un formato de auditorio-restaurante donde uno podía ir a ver a su artista favorito (claro si este solo era Emmanuel o José José) al mismo tiempo de degustar alimentos y bebidas. Fue en ese momento que proliferaron lugares como “El Patio” o el mismo Hotel de México, ahora World Trade Center, donde alguna vez se llegó a presentar nada menos que The Police.

 

 

Otras historias cuentan que otros jóvenes entusiastas, no sabemos si los mismos del párrafo anterior, comenzaron a juntarse en lugares que sufrieron una metamorfosis tipo transformer, pues ya no eran hoyos fonky de los setenta y tampoco el formato rarísimo de restaurante-bar-auditorio, sino que al fin el concepto de discoteca comenzó a expandirse dando paso a lugares de culto como el LUCC, el Magic Circus, el Bulldog Café o el Rock Stock donde las mismas leyendas cuentan que sí hubo presencia y avistamiento de toquines de artistas extranjeros tales como Jane's Addiction, INXS e incluso Depeche Mode, aunque la mayoría de estos tuvieron lugar a inicios de 1990.

 

 

Fue hasta el año de 1989 cuando en la aún pequeña ciudad de Querétaro de Arteaga, Rod Stewart se presentó en el estadio Corregidora; la euforia era tal, que gente de todo México se dio cita en ese lugar todavía alejado de la mano de Dios para presenciar algo que no había sucedido nunca en México: un artista internacional ante miles de personas. Simplemente épico. Este concierto puede considerarse como el parteaguas de lo que en adelante se ha convertido en una tradición para los artistas extranjeros, ya que lo que suena aquí, hace eco en todo el mundo. Extraño fenómeno para un país que emergió de las cenizas oscurantistas de la represión cultural.

 

 

A partir de la década de los noventa, el sol salió y con él una larga, larga lista de bandas y solistas de todas partes del mundo comenzaron a girar por escenarios mexicanos: U2, Smashing Pumpkins, Michael Jackson, Peter Gabriel, Metallica, solo por mencionar algunos, fueron los primeros en pasar lista en este fenómeno taquillero inusual llamado México, y digo inusual, porque no importa lo pobres que estemos, siempre habrá Sold Outs.

 

Hay que mencionar, que antes de que comenzara a proliferar el concepto de festival masivo, fue el boom de la música electrónica el gran pionero explorador de este formato con eventos como el Aca Sound Festival en Acapulco o el Love Parade en la Ciudad de México, donde DJs de todo el mundo ya comenzaban a aglomerar multitudes.

 

Pero fue hasta que la taquillera de confianza agarró confianza y supo que el público mexicano era noble y que quizá su ánimo y bolsillo estaba listo para el reto del festival masivo. Así, el festival Vive Latino inició sus primeros ensayos en el año de 1998, para entonces, otros eventos ya concentraban a diversas bandas nacionales en escenarios únicos que concentraban a miles de espectadores. Lugares como el toreo de Cuatro Caminos, el Salón 21, el Deportivo Mixhuca y la Plaza de Toros México fueron tan solo algunos escenarios improvisados que vieron crecer y pasar a algunas bandas tanto nacionales como internacionales.

 

 

Justo cuando Coachella y Glastonbury comenzaron a reventar como fenómenos sociales y masivos, México empezó a experimentar sus primeros pasos hacia los macroformatos como el Manifest, Coca-Cola Zero Fest, MotoRokr, MXBeat o el Festival Corona.

 

Más adelante otras ciudades y estados de la República como Guadalajara, Monterrey, Puebla, el Estado de México y Veracruz se contagiaron de la euforia masiva y algunas productoras independientes se lucieron con primeras y únicas ediciones de festivales que, aunque mal organizados, se agradeció en su momento la pluralidad y concepto distinto a lo que habíamos visto hasta entonces, tales fueron los casos del los festivales como Colmena, 72810, el Goliath, el Sonofilia y el Festival Extremo en donde tuvimos la oportunidad de ver a Moby, Björk, Sigur Rós, Peter Murphy y Modest Mouse entre otros.

 

Finalmente, en el año 2010 tiene lugar por primera vez el Festival Corona Capital asentándose desde entonces como uno de los eventos internacionales más esperados del país que debido a su concepto, es único en su tipo en la Ciudad de México, pero eso lo leeran en otro capítulo de esta crónica cientoúnica.

 

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