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7 años
Muhammad Ali, el boxeador más hermoso del mundo
Jueves, 22 de Diciembre de 2016 1909 Spider J

Muhammad Ali, el boxeador más hermoso del mundo

Un texto de Jon Lee Anderson

Muhammad Ali logró con un estilo sobrenatural que el box alcanzara a ser un arte. Fue un hombre singularmente atlético y musical en el ring. Una parte de su psicología de combatiente consistía en disminuir a sus contrincantes antes de la pelea gritándoles poemas rimados para burlarse de ellos y vanagloriarse de su grandeza, una vanidad juguetona cuyo efecto publicitario aumentaba la simpatía pública sobre él. Hasta cierto punto, Ali fue uno de los precursores del RAP   (rhythm and poetry), un gran improvisador de versos, con rima y ritmo, esa tradición afroamericana con antecedentes en los cantos religiosos del góspel. Su legendario baile en el cuadrilátero, «flota como una mariposa y pica como una abeja», fue un sello espectacular para evitar que los adversarios lo golpearan. Bailar como un bufón en el ring fue también la evidencia física de sus reivindicaciones orales de grandeza. Ali no sólo decía que era lo máximo: en esos momentos, Ali lo era. Los únicos dos boxeadores que se acercaron a su escuela aparecieron una generación después, Sugar Ray Leonard y el cubano Teófilo Stevenson, pero nadie alcanzaría a poseer aquella santa trinidad de Ali: su aura de chico travieso, su formidable estado atlético, su hermosura. Era un hombre guapo y lo sabía. En una época en que los racistas blancos decían abiertamente que los negros eran «feos», nadie se lo decía a Ali. La belleza, algo que normalmente invita a lo superficial y que siempre esquiva la explicación, no fue tanto en él una musculatura, una fisonomía, una elocuencia, un carisma, un humor: fue todo eso y su búsqueda de trascendencia, la provocación de un estado de alegría al encontrarlo, su naturalidad para crear memoria y admiración. Tenían que atacarlo desde otra parte.

Cuando era niño, me interesé en el box porque estaba Ali, y dejé prácticamente de ver box cuando se retiró. Después de él, insistí en ver a más campeones, pero a su lado casi todos los boxeadores parecían matones o simples golpeadores. Nadie tenía su gracia ni su físico ni su verborrea. Incluso a Mike Tyson, quien, a pesar que desde hace unos años nos conmueve como figura pública de confesión y autocrítica, lo veíamos en su época de boxeador como se mira a un animal salvaje, a un hombre feroz que peleaba duro pero que carecía de la belleza y del verbo. Ningún otro como Ali ha tenido el don de la poesía para decir su verdad y esa suprema elegancia para golpear y esquivar puños. Ninguno como él ha alcanzado la estatura de su acción en la conciencia de los ciudadanos de un país entero.

Muhammad Ali fue en Estados Unidos el primer personaje público negro verdaderamente querido por los blancos. No emanaba el odio de raza de Malcolm X, el explosivo líder de los musulmanes negros, ni era un predicador como Martin Luther King, el héroe evangélico y pacifista de los derechos civiles afroamericanos. Ali duró más que ellos, y se fue convirtiendo en un hombre negro universal en medio del florecimiento negro de los años sesenta. Por más indiscutible que sea la grandeza de Martin Luther King, sólo una minoría de gente blanca lo siguió mientras estuvo vivo. Si King fue el respetado líder que predicaba la reconciliación, Muhammad Ali era el ídolo adorado. Su personalidad teatral era tan irresistible que a todos nos iba convirtiendo en chicos boquiabiertos admirándolo desde el público: todos querían estar con él. Sólo Mandela eventualmente suplantó su encanto político, y fue cuando ya era un hombre viejo. Cuando revisamos su álbum fotográfico, Ali estuvo con todos: desde Fidel Castro y los Beatles hasta unos niños africanos, y todos con él aparecían siempre sonriendo. Ali fue otra dimensión de la alegría y su sola presencia reconciliaba a los contrarios.

Fue boxeador, pero a fin de cuentas fue un reconciliador. Lo fue incluso cuando acusaba al negocio del box de ser herencia de las plantaciones de esclavos negros cuyos amos blancos los obligaban a pelearse para su deleite. Incluso en su época más radical, cuando se cambió el nombre de Cassius Clay, que consideraba un nombre de esclavo, por el nombre musulmán de Muhammad Ali, la mayoría de blancos y cristianos no sentían que él los odiaba por su color de piel o religión. Hay una fotografía de él con unas monjas de la Congregación de la Caridad de Nazareth, en la biblioteca de la Universidad de Spalding donde había trabajado de niño, que evidencia su ruptura con los moldes racistas y religiosos en esa época dominada por la televisión. Cuando rechazó ir a la guerra —decía que por qué debía ir a bombardear a gente de piel marrón en Vietnam cuando la llamada gente negra en su pueblo natal Louisville era tratada como perros—, Muhammad Ali empezó a habitar una conciencia moral ciudadana que ya no era de un solo color. Por esos días yo era un niño y recuerdo a gente blanca comparándolo negativamente con Elvis Presley, quien, la década anterior, había «cumplido con su deber» y había hecho su servicio obligatorio en el Ejército de Estados Unidos. Antes de que se popularizara la oposición a la guerra de Vietnam, los estadounidenses creían que los hombres que no iban al combate eran unos cobardes. Renunciar a servir al Ejército equivalía entonces a una falta de hombría.

Muhammad Ali fue, en ese sentido, un hombre valiente por rechazar ir a la guerra. El boxeador valiente que gritaba sus convicciones, ante las cámaras o ante una muchedumbre, y que aprendió a vivir con sus consecuencias. Acostumbramos a ver eso sólo en algunos políticos y predicadores religiosos. Ali fue también un comediante en vivo, un espontáneo entretenedor en voz alta, cuyo discurso fue un largo verso que rimó a través de su vida. Fue un boxeador buscando lo lírico sin dejar de narrar la historia de su tiempo, sin dejar de narrarse a sí mismo y a la condición humana que lo rodeaba en tanto hombre negro en América, y lo hizo sin despertar rencores sino amor propio. Ese papel elevó a Ali a ser parte de un puñado de gente que en los últimos cincuenta años ha contribuido a la reconciliación mundial entre negros y blancos. Son predicadores del amor, que sin ser santos tienen en común haber sido perseguidos, exiliados, encarcelados, asesinados, o, como en el caso de Ali, condenado a ser un paria del ring tras renunciar a la guerra de Vietnam. No fue un fanático del Islam, aunque tuvo quizás su breve etapa de radical: según Oriana Fallaci, quien protagonizó una violenta entrevista con él, Ali odiaba a la raza blanca y amenazó con romperle la nariz si volvía a verla. Hacia el final de su vida, a pesar de la enfermedad del Parkinson, Ali siguió buscando la reconciliación. Frente al terrorismo islámico, defendió al Islam con elocuencia sencilla, increpó a sus terroristas y también a los racistas como Donald Trump. En una declaración que fue como su último manifiesto, Muhammad Ali dio también un último golpe de claridad: dejó ver que la suma de todo lo que había sido —negro, estadounidense, musulmán, y, por un tiempo, el mejor de los boxeadores— había sido su escuela de tolerancia y paz.

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